Emilia Morgan nació bajo un destino escrito mucho antes de su primer respiro. Desde niña, el mundo la conoció como la hija mayor de un poderoso empresario, pero tras las sombras ese título significaba algo mucho más grande y peligroso: heredera de la Mafia Negra, un imperio criminal levantado generación tras generación por los hombres de su familia. Su apellido no solo pesaba, ardía. En cada gesto, en cada mirada, en cada paso, Emilia cargaba con la responsabilidad de convertirse en la futura reina de un trono que jamás aceptaría debilidad.
Dinero, lujos y poder nunca le faltaron. Tampoco la admiración de quienes veían en ella el reflejo de la perfección que su padre moldeó a la fuerza. Emilia fue educada para liderar, para mandar, para hacer temblar a cualquiera que osara enfrentarse a su apellido. Pero lo que nadie imaginaba era que, detrás de esa coraza de hierro, había una mujer que anhelaba elegir por sí misma el rumbo de su vida. Un simple deseo que, en el mundo donde ella reinaba, podía costarle todo.
La tradición de los Morgan era clara: quien heredara el imperio debía asegurar la continuidad de la familia y del poder. Su padre se lo había repetido una y otra vez: “Nada de intimidad, Emilia. Todo lo que hagas debe beneficiar a la familia, no solo a ti”. Y ella lo entendía. Pero la lealtad al imperio no siempre iba de la mano con los sentimientos. Un solo favor de su padre bastó para alterar el equilibrio que había mantenido durante años.
Ese favor tenía nombre y rostro: un agente del FBI. Un hombre destinado a acabar con lo que su familia había construido, pero que, irónicamente, ahora se convertía en su compañero. Su misión parecía sencilla: acercarse, manipularlo, ganarse su confianza, mantenerlo ciego y distraído mientras el FBI buscaba las pruebas que jamás debía encontrar. Emilia sabía jugar con las emociones ajenas; su belleza, su inteligencia y su instinto la habían convertido en un arma letal. Pero esta vez había un riesgo que no estaba en los planes: enamorarse de él.
Lo que empezó como un juego de máscaras pronto se transformó en una lucha interna. Cada mirada compartida, cada palabra cargada de doble sentido, cada roce accidental encendía en Emilia una guerra que jamás había peleado: la de su corazón contra su deber. Por primera vez, alguien la veía más allá de su apellido, más allá de la heredera y de la reina. Y eso la aterraba más que las balas.
Pero amar a un enemigo no era un lujo permitido. El FBI lo perdería todo si la protegía, y ella traicionaría siglos de poder si lo elegía. ¿Qué pesa más? ¿El legado de una familia que se alimenta de la lealtad absoluta o el deseo de ser simplemente una mujer que ama?
En un mundo donde la traición se paga con sangre y la ambición nunca descansa, Emilia deberá decidir si está dispuesta a arriesgar el trono por un hombre que podría condenarla. Porque toda reina necesita un rey, pero a veces coronarlo significa perder el imperio entero.
Emilia Morgan no es solo la heredera. Es la Reina de la Mafia Negra.
Y hasta las reinas sangran cuando aman al enemigo equivocado.