Bastian corría con toda la fuerza que sus piernas poseían y aún así, sentía que no avanzaba del mismo lugar.
Miró hacia atrás y un suspiro de alivio escapó de sus labios: ya los había perdido.
Empezó a reducir el paso y se agachó, apoyando sus manos en las rodillas, mientras buscaba la forma de llevar el aire a sus pulmones.
La fría brisa era más notoria en sus mejillas, dónde un rastro de lágrimas secas, aún le recordaban lo que acababa de pasar.
Las palabras de su madre nuevamente taladraron