Capítulo XIX
Maximiliano
El teléfono no para de vibrar; las notificaciones son cada vez más inquietantes y comprometedoras. Lo abro y lo arrojo contra la pared. Maldita sea: lo negó todo ayer. Aprieto los puños con fuerza, los nudillos me blanquean, y la rabia se vuelve exacta. Salgo de la casa rumbo a la de Fernando. Esto no se quedará así. Se arrepentirá de haberse reído de mí.
El carro arranca con un rugido. Semáforos. Gente borrosa. El motor es un latido que me empuja hacia adelante; cada gi