Capítulo CXLIII
Camila
Lo primero que siento…
es frío.
Un frío que no viene del aire.
Viene de adentro.
De los huesos.
Del alma.
Intento moverme.
No puedo.
Mis párpados pesan toneladas.
Parpadeo.
Una vez.
Dos.
La luz blanca me atraviesa.
Me arde.
Gimo bajito.
—Camí…
Esa voz.
La reconozco incluso dormida.
Max.
Intento hablar.
No sale nada.
Solo un suspiro roto.
—Amor… tranquila… ya estás aquí… conmigo…
Siento su mano.
Apretando la mía.
Como si tuviera miedo de que me vaya.
Como si yo pudiera desaparecer.
Trago saliva.
Mi garganta quema.
—M… mis… —susurro.
Mi voz es apenas aire.
Él se inclina enseguida.
—Todo va a estar bien —dice, acariciando mi cabeza.
Mis ojos se llenan.
Sin permiso.
Sin control.
—Los niños…
Mi pecho se sacude.
—Quiero a mis niños… —susurro—. Quiero verlos… abrazarlos…
La voz se me rompe.
Siento cómo las lágrimas me nublan la vista.
No puedo detenerlas.
No puedo ser fuerte.
Sin ellos… me estoy cayendo a pedazos.
Lo miro.
Debe verme destruida.
Porque antes de que diga