Esa noche no quise dormir. No podía sabiendo que, al día siguiente, no vería el rostro de Arthur nunca más ¡Mierda! Es que lo amaba tanto, tanto, que me desesperaba no verlo más. Esa semana había sido especial, logré disfrutar a Arthur todo lo que pude. Jamás me despegué de su lado y sabía que él, dentro de su estado de inconciencia, lo agradeció. Sabía que debía dejarlo ir, pero seguía con una leve esperanza de que despertara y me dijera que todo estaría bien, que podíamos seguir con nuestra v