CAPITULO 06

Daryl besó a la tía en la mejilla, y la ayudó a quitarse el abrigo para colgarlo en el perchero de la entrada.

​En cuanto Eleanor terminó de entrar al salón, Miki se acercó a ella y la rodeó en un abrazo. Traía una energía distinta, una especie de entusiasmo contenido que no pasó desapercibido.

​—Llegas justo a tiempo, tía, acabo de terminar la pasta —le dijo Daryl, volviendo a su puesto frente a la cocina—. Quédate a cenar con nosotros.

​—Con lo bien que huele, sería un pecado decir que no —aceptó ella, dejando su bolso a un lado—. Les contaré mis novedades ahora que nos sentemos; estas cosas se disfrutan más con el plato delante.

​Mikaela buscó una copa y le sirvió un poco de vino, ayudándola a entrar en ambiente mientras Daryl se concentraba en repartir las raciones en los platos de porcelana. Entre risas y comentarios sobre el aroma de la cena, Miki y la tía se dispusieron a preparar la mesa.

​—¿Y bien, Daryl? —preguntó Eleanor, mientras alineaba los cubiertos sobre el mantel—. ¿Ya sabe tu madre qué va a preparar para el domingo?

​Daryl soltó un soplido divertido mientras terminaba de servir.

​​—Dijo algo sobre un asado. Pero ya la conoces, terminará cocinando hasta para los que no irán.

​—Tu madre no sabe hacer nada que no sea a lo grande —añadió la tía, colocando los vasos en su sitio—. Pero este domingo todos vamos a meter mano en ese asado. No dejaré que se pase el día entero en la cocina para terminar agotada como la última vez, ¿entendido?

—Estoy de acuerdo. —Asintió Miki mientras paseaba la vista por el salón buscando su teléfono; siempre terminaba tirado en algún rincón al llegar.

​Se sentaron a la mesa. La luz ámbar de la lámpara recortaba un círculo de calma en el comedor, y por un momento, Miki olvidó que seguía buscando el teléfono. Tenía una idea dándole vueltas en la cabeza para la campaña de Aura, pero prefirió apartarla por un momento.

​Eleanor tomó un sorbo de vino y dejó la copa sobre la mesa con lentitud. Se inclinó un poco hacia adelante y su voz bajó de volumen, aunque no pudo ocultar el brillo en sus ojos.

—Hablé con mi amigo Mark, el que trabaja en la constructora —soltó despacio—. Me dio una noticia increíble. Van a congelar el precio de los apartamentos de la torre norte solo por este mes para los que ya están en la lista.

​Daryl se detuvo, con el tenedor a medio camino. Mikaela por otro lado, sintió un vuelvo en el corazón. 

—Si se deciden ahora, aseguran el precio actual antes de que suba por los acabados de la fachada —continuó ella con entusiasmo—. Es una oportunidad irresistible, sobre todo porque les permiten pagar la entrada en cuotas de aquí a la entrega de llaves. Es la forma ideal de asegurar el hogar de sus sueños antes de la boda.

​Daryl sonrió con una ceja enarcada, incrédulo. No estaba acostumbrado a que las cosas se dieran tan fácil. Aun así, miró a la tía con gratitud.

​—No te imaginas el peso que nos quitas de encima —dijo él, y su voz sonó notablemente más ligera cuando miró a Miki—. Al parecer podremos adelantar ese tramite antes de la boda, preciosa.

Buscó la mano de Mikaela, para acariciarla con ternura. En ese momento ella se sintió plena; valoraba el modo en que él se comprometía a fondo con el proyecto de vida que habían diseñado, asumiendo una carga extra de trabajo para asegurar que nada fallara. Ella no se quedaba atrás; cada paso que daba, incluso antes de que el matrimonio fuera una promesa formal, lo hacía priorizando siempre el bienestar de ambos.

​Se sentía feliz, por supuesto, pero también sentía vértigo. El apartamento ya no era un sueño lejano de "algún día"; era una realidad que estaba a una firma de distancia. Era el comienzo de la vida de casados. Le daba miedo que todo estuviera pasando tan rápido, como si la vida hubiera puesto la velocidad en x2 y ella todavía estuviera intentando recordar cómo respirar entre tanto cambio.

​—Es perfecto, Eleanor —dijo Mikaela, tratando de que su voz no delatara ese pequeño temblor de nervios—. De verdad, gracias por estar tan pendiente...

.......

A la mañana siguiente, Mikaela caminaba de un lado a otro frente a su monitor. El insomnio le pesaba en los párpados, pero la noticia del apartamento se había mezclado con una idea que no la había dejado soltar el teléfono hasta el amanecer. Ya en la oficina, la visión era más clara. Dowzen, la ex ángel de Victoria's Secret, se había convertido en su obsesión personal; sus últimos diseños primaverales eran exactamente la atmósfera que Aura necesitaba.

A su lado, Mina y Eugene eran el ruido de fondo de cada mañana.

​—El azul es demasiado frío para algo que debe oler a verano, Eugene —insistía Mina, dejando caer retazos de tela sobre la mesa central.

​—Es el color de la elegancia, Mina. No estamos vendiendo limonada en la calle —respondió él, sin levantar la vista de la tablet mientras ajustaba el moodboard visual de la campaña.

​Miki se levantó con un chispazo de lucidez. Caminó hacia el pizarrón y clavó una foto de Dowzen en su estudio de diseño, despeinada y rodeada de telas.

—Tengo una idea sobre quién podría ser el rostro de la fragancia —dijo Miki, y su voz sonó más segura de lo que se sentía—. Intenten no mirar a la modelo, sino a la creadora. Es una mujer que tiene una visión y la ejecuta... ¿Qué color les transmite?

Mina dejó de pelear con las telas para acercarse al pizarrón. Sus ojos contemplaron la foto de la modelo como una revelación. Mikaela sonrió para sus adentros al ver el entendimiento en su mirada.

—Lila... —murmuró, su mente empezando a trabajar a mil por hora—. Ella es perfecta, Miki. He seguido cada uno de sus diseños primaverales... son simplemente ¡magníficos!

Mikaela asintió, a punto de explicar su punto de vista, pero Eugene que observaba la imagen con detenimiento las interrumpió.

—Esperen un momento... —las detuvo mientras navegaba algo rápidamente en su tablet—. Propones a Dowzen, una ex ángel de Victoria's Secret.

Tras el asentimiento de ambas, él las observó con una mirada cargada de significado:

—¿Están seguras de que contamos con el presupuesto para cubrir su caché?—Miki y Mina se miraron un momento.

—Claro que lo tenemos —aseguro Mina enseguida, sin siquiera pensarlo—. No estamos en cualquier agencia de publicidad ¿recuerdas?

—Lo que quiero decir, es que este tipo de propuestas se analizan minuciosamente antes de plantearlas —replicó Eugene levemente inclinado hacia adelante como quien intenta dejar claro un punto. 

Mina mientras tanto le frunció el ceño.

—Ya lo sabemos —respondió con obviedad.

Mikaela desconectó de la discusión por un instante. Sabía que Eugene tenía razón: una propuesta de tal magnitud exigía un análisis de viabilidad técnica y financiera. Dowzen era una figura de prestigio global, y conseguir su firma no sería sencillo. Sin embargo, la convicción le latía con fuerza; estaba segura de que ella era la esencia de Aura. No iba a dejar pasar la oportunidad.

«Lograría que cerraran ese contrato, costara lo que costara»

Mina se cruzó de brazos, sosteniéndole la mirada a Eugene.

​—No se trata solo del nombre, Eugene —insistió Mina con una chispa de entusiasmo—. Es el contexto. Dowzen no es solo una modelo que presta su cara; ella fabrica sus propias telas, entiende de procesos. Si vinculamos Aura a su estudio, no estamos vendiendo un perfume, estamos vendiendo una identidad. Eso es lo que las marcas de lujo están buscando ahora.

​Mikaela aprovechó el silencio de Eugene para intervenir, señalando las texturas orgánicas que ya empezaba a esbozar en su pantalla.

​—Piénsalo desde el punto de vista visual —añadió Miki con calma—. No tendríamos que gastar millones en escenarios artificiales. Su propio taller es el set perfecto. Es real, es tangible y, sobre todo, es coherente con el concepto de "esencia" que queremos transmitir.

​Eugene guardó silencio durante unos segundos, con la mirada fija en la foto de Dowzen. Sus dedos tamborilearon sobre el borde de la tablet, procesando la información. Finalmente, soltó un suspiro largo y entorno los ojos, una señal de que su lado analítico había encontrado una grieta por donde pasar.

​—Si logramos que la colaboración se presente como un proyecto de 'co-creación' y no como un contrato de imagen tradicional, el departamento de finanzas podría verlo como una inversión compartida —murmuró Eugene, ya moviendo datos en su pantalla—. Supongo que viéndolo así hasta parece una ganga.

​Mina sonrió y compartió una mirada de suficiencia con Mikaela. Sin necesidad de decir nada más, el equipo se hundió en una atmósfera de trabajo absoluto. El ruido de la oficina se volvió un zumbido lejano.

De un momento a otro, el silencio se expandió por la estancia. 

Roman Blackwood entró en el área como si el aire le perteneciera. No fue una entrada ruidosa, pero su sola presencia, cambió el peso de la atmósfera. Caminó hacia la mesa redonda con una elegancia que contrastaba con la rigidez de sus hombros. Luego tomo asiento en uno de las sillas disponibles, como uno más, ajeno a las miradas tensas. 

Su semblante denotaba una ligera irritación. Miki trago saliva incomoda, lo observo escribir algo en su libreta y, tras un siglo de espera, alzó la vista.

—¿Cómo va la propuesta? —preguntó por fin. 

Fue Eugene quien se animó a responder no sin antes aclarar su garganta.

—Estamos revisando la viabilidad de una colaboración con Dowzen Klein —informó esforzándose por mantener un tono estable y profesional.

Roman ladeo la cabeza escéptico. Los observo con seriedad, como intentando descubrir que pasaba por la cabeza de los pasantes. Justo en ese momento, su asistente apareció en el umbral, visiblemente nerviosa.

—Señor Blackwood... su padre lo espera en la sala de juntas. Llevan quince minutos de retraso.

Roman ni siquiera la miró, indiferente.

—Cancélala. 

—¿Perdone? Pero es un tema prioritario, su padre fue muy específico...

—Dile que estoy ocupado con mi equipo —le ordenó en un tono ácido.

La asistente no pudo hacer más que irse a cancelar la reunión. Mientras tanto Roman, quien no parecía ceder ante cualquier idea se acomodo en el asiento antes de pedirles que continuaran con un gesto lento y fluido de su mano:

 —Adelante. Cuéntenme más cómo se les ocurrió postular a una figura de ese calibre  —su expresión era de dureza absoluta. 

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