La mirada escrutadora de Roman Blackwood era aplastante. Su expresión, blindada en una dureza absoluta, no dejaba espacio para la duda: no estaba allí para ser amable ni para jugar a las "lluvias de ideas". Estaba allí porque su padre lo había puesto a cargo de aquella sección.
Mikaela podía deducir que no estaba contento de estar allí. La forma en la que articuló: mi equipo, con aquella acidez se lo dijo. O por lo menos para ella había sido así.
Sintió un nudo apretado en el estómago, un nudo