CAPITULO 05

El desconcierto en el rostro de Miki era casi chistoso, y Mina no se quedaba atrás, aunque su asombro tenía un matiz mucho más perspicaz. Ambas compartían esa extraña sensación de haber recibido la respuesta a una pregunta que ni siquiera habían llegado a formular, pero que, de pronto, les resultaba indispensable comprender.

Aquella revelación explicaba, por fin, la incapacidad de Roman para conectar con el equipo. Lejos de su instinto, se hallaba en medio de mentes creativas; aquello debía ser, para él, una especie de celda orquestada por su padre.

—Espera un segundo —Miki con ojos entrecerrados miró fijamente a Eugene—. ¿De dónde demonios has sacado tú todo eso? Es información demasiado interna para un pasante.​

Eugene se quedó callado de repente. Mordisqueó su labio inferior y desvió la mirada hacia su pantalla, cavilando si debía soltar la fuente o mantener el misterio.

​Mina soltó un resoplido y le dio un golpecito en el hombro.

—Ay, por favor, Eugene, no te hagas el interesante. Miki, estoy segura que lo sabe por la asistente de Roman.​

Miki abrió mucho los ojos. 

—¿La asistente personal de Blackwood? ¿La que parece que tiene un bloque de hielo por corazón?

Mina asintió.

​—Resulta que Eugene y ella tienen una... especie de relación —añadió Mina, enarcando una ceja con malicia—. Digamos que se entienden muy bien fuera de las horas de oficina.

​—¡No es una relación! —se defendió Eugene, aunque un ligero rubor le subió por el cuello—. Solo nos entendemos. Ya la conocía de antes, confía en mí, eso es todo. No busquen donde no hay.

​—Sí, claro, confianza —se burló Mina, guiñándole un ojo a Miki.

Eugene se negó a revelar un solo detalle más, colocándose de nuevo los auriculares en un gesto defensivo que confirmó las sospechas de las chicas. Miki asintió para sí misma, mientras desviaba la mirada hacia el despacho de Roman.

Ahora, la imagen de aquel hombre impecable y duro ya no le parecía la de un jefe arrogante, sino la de un hombre en guerra con su propio legado, esperando el momento justo para dar un gran paso. Sin embargo, había algo que no le terminaba de convencer.

«¿Realmente justificaba eso su frialdad?» se preguntaba Miki.

​El trayecto de vuelta a casa se le hizo corto al darle vueltas al torbellino de información que tuvo que procesar ese día. 

Cuando finalmente giró la llave de su apartamento, a Miki la recibió una fragancia densa, con notas de albahaca y ajo dorado, que de inmediato empezó a disolver la tensión de sus hombros. Se trataba de la salsa especial para pasta que Daryl preparaba cuando necesitaba despejar su mente.

​—¿Ya estás aquí, preciosa? —La voz de su prometido llegó desde la cocina, profunda y relajada.

​Ella caminó hacia allí en silencio. Lo vio de espaldas, frente a la estufa, con las mangas de su sudadera negra remangadas hasta los codos, sujetaba el mango del sartén y lo agitaba con agilidad. Ella esperó antes de acercarse:

​—No digas nada —murmuró Miki antes de apoyar la frente contra su espalda.

​Daryl se quedó quieto, dejando que ella descargara todo su peso sobre él. No preguntó cómo estaba; no hacía falta. Simplemente llevó sus manos hacia atrás, para acariciar la espalda de Miki.

​—Vanguard te ha robado hasta la voz —dijo él, girándose a medias para mirarla por encima del hombro.

​Se dio la vuelta por completo y la rodeó con los brazos. Miki mantuvo los ojos cerrados, aspirando esa mezcla de olor a comida y el perfume tan familiar de su prometido. Daryl le apartó un mechón de pelo de la cara y se inclinó para besarla.

​—Cena en quince minutos. Ve a quitarte esa armadura —le ordenó con suavidad, refiriéndose al traje.

Ella asintió y camino con lentitud hasta el cuarto de baño. ​El sonido del agua golpeando los azulejos era lo único que lograba silenciar el eco de las voces en Vanguard. Miki se quedó bajo el chorro caliente unos minutos más de lo necesario, con los ojos cerrados, sintiendo cómo la rigidez de su cuello empezaba a ceder.

​Al salir se decantó por un pijama de satén rosa; la tela fresca se sentía como una caricia sobre su piel, un contraste absoluto con la armadura de sastre que había llevado puesta durante todas aquellas horas laborales. Mientras se recogía el cabello en un moño alto y desprolijo, se detuvo a observar la habitación a través del espejo. ​

Sus pensamientos volaron hacia la boda. No en los invitados o en el color de las flores, sino en lo que significaba ese paso. Para ella, el hogar no era el contrato de alquiler ni los muebles de diseño; era la paz que sentía al cruzar esa puerta y saber que Daryl estaba al otro lado. Era ese refugio íntimo donde no tenía que ser la analista impecable ni la trabajadora perfecta. Solo Miki.

​Mientras se ajustaba el lazo de la pijama, no pudo evitar sonreír al escuchar el eco de la voz de Daryl tarareando una canción de Spotify. Le divertía pensar en la cara que pondrían sus oponentes si lo vieran así, relajado y descalzo. Para el mundo legal, él era el estratega implacable del arbitraje comercial. Tenía ese don de notar el detalle que faltaba, la pieza suelta que nadie más veía, y esa misma agudeza era la que, a veces, la hacía sentir a ella tan profundamente comprendida.

Salió del dormitorio con una sonrisa. El aroma a ajo y albahaca la guió hacia la cocina. Daryl estaba concentrado en una sartén donde la salsa burbujeaba a fuego lento.

​—¿En qué te quedaste hoy? —preguntó ella, entrando a la cocina. 

​Daryl probó la salsa y se giró un poco hacia ella, relajando la postura.

—Estuve visitando los terrenos de la constructora para investigar unos detalles del caso que no me cuadraban en el papel. —Sus ojos vagaron por el cuerpo de Mikaela casi de manera inconsciente mientras le contaba—. A veces, leer los informes no es suficiente; necesitas ver las grietas de la estructura para entender por qué se retrasaron realmente.

​—¿Y qué encontraste? —Miki ladeó la cabeza, siguiendo el hilo—. ¿Era lo que esperabas?

​—No exactamente. Hay cosas que no mencionaron en las reuniones. Pasé horas hablando con los maestros de obra, tratando de que soltaran algo de información sin que pareciera un interrogatorio —explicó él con una media sonrisa—. Es agotador, pero prefiero ensuciarme las botas un poco a quedarme sentado esperando a que la contraparte me mienta en la cara.

​—Bueno, al menos te sirvió para despejarte de ese aire acondicionado glacial que tienen en el bufet —bromeó Miki​—. Y supongo que ahora tienes una ventaja. Si el informe no coincide con lo que viste en el terreno, podrías solicitar una inspección judicial antes de que el juez cierre el plazo de...

​Las palabras se amortiguaron en su garganta cuando Daryl, sin intención de interrumpir su flujo de palabras, se inclinó hacia ella. Introdujo su mano por el pequeño espacio entre el brazo y la cintura de Miki para alcanzar un frasco de especias que estaba justo detrás de ella.

El roce de sus dedos contra el satén de la pijama, justo en el costado de su cintura, fue eléctrico. Miki sintió el calor de su brazo presionando suavemente contra su costado y su aroma envolviéndola. El se quedó allí, a milímetros de su rostro, sosteniendo el pequeño frasco de orégano.

​—Antes de que el juez cierre el plazo de pruebas —concluyó él en un susurro, mirándola fijamente a los ojos. Su voz había bajado una octava—. Me encanta que me sigas el hilo, Miki...

​El se inclinó lo justo para darle un pico rápido en los labios antes de alejarse con total naturalidad, destapando el frasco sobre la pasta. Miki exhaló el aire lentamente, con las mejillas encendidas.

​—Sí, eso quería decir... —logró articular ella, tratando de recomponerse mientras se alisaba el satén de la cadera, justo donde aún sentía el rastro del calor de su brazo.

​Daryl soltó una risa baja, pero antes de que pudiera decir algo más, el timbre de la entrada interrumpió el momento.

​Ding-dong.

Daryl reaccionó mirando a Miki con las cejas alzadas.

​—Es Eleanor, me envió un mensaje hace un rato diciendo que estaba por la zona y que pasaría a saludarnos. Olvidé mencionártelo con todo el lío del caso de la constructora. —informó mientras se secaba las manos con un paño.

Mikaela asintió en respuesta. Le agradaba la tía Eleanor; era una mujer que se hacía querer fácilmente con su franqueza sin filtros y esa calidez genuina que siempre lograba que el ambiente se sintiera más ligero.

 Al abrir, la tía Eleanor entró como un torbellino, envuelta en un abrigo de lana y con una sonrisa que gritaba: tengo algo que contarles.

—¡Daryl, querido! —exclamó ella, dándole un beso en la mejilla—. Pasaba por la zona y no pude evitarlo. Además, tengo noticias que no podían esperar a mañana.

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