Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl alivio que sintió Miki al ver que la sala de conferencias seguía llena de gente hablando en voz baja fue casi físico. Se apoyó contra el marco de la puerta de cristal, tratando de controlar su respiración agitada y de arreglarse el cabello desordenado por la carrera. Había llegado diez minutos después de la hora acordada, pero, milagrosamente, el asiento principal en la cabecera de la mesa seguía vacío. El mundo, por una vez, parecía haberle dado una tregua.
Se sentó en una de las sillas más cercana, tratando de pasar desapercibida mientras observaba su entorno. La oficina de Vanguard Marketing era exactamente como la había imaginado: una mezcla de minimalismo industrial y tecnología de punta.
A su alrededor, otros jóvenes de su edad —seguramente los demás pasantes— revisaban sus tablets con expresiones que oscilaban entre los nervios y la ambición.
—Vaya, pensé que era la única que llegaba con el corazón en la boca —susurró una voz a su lado.
Mikaela se giró y se encontró con una chica de cabello corto y teñido de azul oscuro, cargando una bandeja con vasos de cartón. A su lado, un chico alto con anteojos de montura gruesa sostenía otra bandeja llena de donuts y chocolate caliente.
—Soy Mina. Y este es Eugene —dijo la chica, ofreciéndole un vaso—. ¿Café? Se ve que lo necesitas más que nadie aquí.
Mikaela aceptó el vaso con una mezcla de gratitud y una punzada de melancolía. Al sentir el calor del plástico, recordó el termo de acero que ahora descansaba vacío en su bolso. Se sintió como una pequeña traición no haber podido saborear el café que Daryl le había preparado con tanto esmero esa mañana.
«Perdóname, Daryl», pensó, dando un sorbo al líquido de la empresa, que sabía a oficina y a nervios, nada parecido al toque de canela de su hogar.
—Gracias —respondió Miki con una sonrisa sincera—. Soy Mikaela. Mi primer día y casi muero en el intento de llegar.
—No te preocupes —dijo Eugene, sentándose a su izquierda—. Parece que el "Heredero" tuvo un percance. Dicen que alguien lo embistió en el vestíbulo. Los rumores vuelan en este piso; dicen que entró a la oficina de su padre gritando por una camisa nueva.
Mina soltó una risita burlona.
—Imagínate qué tipo de salvaje se atrevería a chocar con Roman Blackwood. El tipo es un tiburón, pero uno muy guapo y muy, muy temperamental. Quien sea que lo hizo, probablemente ya esté buscando trabajo en otra ciudad.
Mikaela sintió que el café se le quedaba atascado en la garganta. Suspiró con simpatía fingida, asintiendo a los chistes de sus nuevos compañeros, mientras una gota de sudor frío recorría su espalda.
«No puede ser», se repitió. «Hay cientos de ejecutivos en este edificio. Las probabilidades de que fuera él son mínimas».
De repente, el murmullo de la sala se extinguió. Las pesadas puertas de madera al fondo se abrieron y el aire pareció cargarse de electricidad estática.Un hombre entró con paso firme. Ya no llevaba la camisa blanca manchada; ahora vestía un traje gris grafito que entallaba perfectamente su figura decidida.
Se colocó al frente, apoyando las manos sobre la mesa con una autoridad natural. Miki sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Era él. El hombre del vestíbulo. El dueño de la camisa de mil dólares. El "Heredero".
—Buenos días a todos —saludó, su voz era profunda, segura, y resonó en la sala como un trueno—. Soy Roman Gwan-woo Blackwood, Director Creativo de esta agencia.
Mikaela dejó de respirar. Se encogió en su silla, intentando volverse invisible detrás del hombro de Eugene. Sentía que el corazón le martilleaba en los oídos.
«¿Cómo es posible?», pensó desesperada.
«¿Por qué el destino tiene este sentido del humor tan retorcido?»
Eugene, notando que Miki se había puesto pálida y que sus dedos apretaban el vaso de café hasta deformarlo, posó una mano suave en su hombro.
—¿Estás bien? Pareces un fantasma —le susurró con genuina preocupación. Ella soltó el aire de golpe, un suspiro tembloroso que apenas pudo ocultar.
—Sí... sí, estoy bien. Solo... el café me cayó un poco pesado —mintió, aunque sus ojos seguían fijos en la mesa, temiendo levantar la vista.
Roman continuó con un discurso impecable sobre la visión de la empresa, la excelencia y el sacrificio. Era magnético; Miki podía sentir cómo todos en la sala estaban hipnotizados. De pronto, como si un sexto sentido se lo indicara, la mirada de Roman barrió la fila donde ella estaba sentada. Sus ojos se detuvieron. Fueron apenas tres segundos, pero para Miki parecieron una eternidad. Roman alzó una ceja, casi imperceptiblemente, y una sombra de reconocimiento cruzó su rostro.
Mikaela se preparó mentalmente para la riña de su vida, para un despido escandaloso. Pero eso no pasó...
No hubo gritos, ni la echó de la sala. Simplemente mantuvo el contacto visual un instante más de lo necesario, dándole a entender que no había olvidado ni su rostro, ni su desfachatez, ni el calor del café en su pecho. Luego, desvió la vista y terminó su discurso con una frialdad profesional.
La reunión continuó, pero Miki ya no escuchó nada. Su mente era un caos de posibilidades. ¿La despediría al final del día? ¿Le pediría que pagara la camisa? Solo quería que el reloj avanzara para salir corriendo.
Quería llegar a su pequeño refugio con Daryl, acurrucarse en sus brazos y dejar que él, con su lógica decidida de abogado, le dijera que todo tendría solución.
Al finalizar la sesión, los pasantes empezaron a levantarse para ir a sus respectivos departamentos. Miki recogió sus cosas con prisa, pero antes de llegar a la puerta, sintió una presencia a sus espaldas.
—Espero que el resto de su día transcurra sin "incidentes", señorita —dijo una voz baja y aterciopelada cerca de su oído. Miki se quedó paralizada. Roman pasaba por su lado, sin detenerse, pero lo suficientemente cerca como para que el aroma a sándalo la envolviera—. A veces —continuó él, lanzando el comentario por encima del hombro mientras se alejaba—, el agua fría no es suficiente para limpiar ciertos desastres. Algunos requieren una compensación mucho más... creativa.
La dejó allí, de pie, con el pulso acelerado y una incertidumbre que le quemaba más que el café. Estaba acabada. Era seguro que no dejaría pasar tal falta de respeto.
«¿Por qué tuve que pasar de él? No suelo ser una persona grosera con nadie, tal vez debí quedarme a solucionarlo de alguna manera.» reflexionaba Miki acorralada.
Mina y Eugene se acercaron a ella, curiosos.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó Mina asombrada—. Parecía que te estaba hablando solo a ti.
—Nada... —logró decir Mikaela, aunque sus piernas temblaban—. Solo consejos de bienvenida.
De todos modos no tardarían en enterarse, para qué molestarse en dar explicaciones que a nadie le importaba realmente. Se fijarían solo en el hecho de haber dado fin a mis pasantías en el mi primer día por un tonto accidente. Estaba molesta. Ese día se suponía que estaría lleno de oportunidades.
El resto de la jornada fue un borrón de manuales de estilo y contraseñas de red. Mikaela trabajó mecánicamente, mirando el reloj cada cinco minutos. Por fin, cuando las luces de la oficina empezaron a atenuarse, salió del edificio casi huyendo.
Mientras caminaba hacia la parada del bus, el aire fresco de la tarde logró despejar un poco su mente. Por un momento se dio la oportunidad de pensar de una manera menos negativa, sino más contemplativa. Tenía miedo, sí, pero también una extraña punzada de intriga que no lograba clasificar. Roman no la había tratado como a una empleada más; la había tratado como a una adversaria.
«¿Será posible que este nuevo jefe simplemente quiera darme una lección sin recurrir al despido directamente?» se planteó con el ceño fruncido.
Necesitaba por lo menos terminar sus pasantías sin ningún cambio repentino. De momento intentaría pasar desapercibida hasta que las aguas se calmaran sino es que ya estaba fuera. Luego haría lo que este en sus manos para demostrar que merecía un puesto en la empresa.
Estaba a mitad de cuadra cuando un movimiento coordinado en la salida principal la obligó a detenerse. Desde la distancia, vio cómo las puertas automáticas se abrían de par en par.
Roman Blackwood emergió del edificio con una confianza avasalladora, casi arrogante. No caminaba, dominaba el espacio. Su paso era rítmico, firme, como si cada baldosa que pisaba le perteneciera por derecho de nacimiento.
Detrás de él, su asistente personal caminaba a paso veloz, revisando una tablet y dictando notas que Roman escuchaba con una elegancia gélida. Dos vigilantes de seguridad, hombres corpulentos de rostro impasible, lo flanqueaban a un metro de distancia. Era una coreografía de estatus que Mikaela solo había visto en las películas.
Un sedán negro de vidrios polarizados esperaba frente a la acera, con el motor ronroneando como una bestia dormida. Antes de subir, justo cuando el vigilante sostenía la puerta abierta para él, Roman se detuvo. Como si pudiera sentir la mirada de Mikaela entre la multitud de empleados que se dispersaban, giró la cabeza con una lentitud deliberada.
Sus ojos se clavaron en los de ella. A esa distancia, Miki no podía ver el color azul de sus pupilas, pero sintió el peso de su atención. Fue una mirada indescifrable, cargada de una intensidad que la dejó anclada al pavimento. Ella no supo cómo interpretarlo ni cómo reaccionar.
Roman finalmente subió al auto como si no la hubiese visto y, un segundo después, el vehículo se fundió con el tráfico de la ciudad.







