CAPITULO 03

Al abrir la puerta del apartamento, el silencio le indico que Daryl no estaba. 

​En el rincón más alejado del sofá, sobre el alféizar de la ventana que daba a la calle principal, dos ojos dorados brillaron en la penumbra. Lukas, el gato atigrado que habían rescatado juntos de un callejón lluvioso hacía tres inviernos, ni siquiera se inmutó ante su llegada. Estaba rígido, con las orejas atentas y la mirada clavada en el asfalto mojado de afuera.

Miki suspiró. Sabía que Lukas no estaba cazando sombras; estaba esperando a su humano favorito. Daryl era quien siempre le daba las mejores caricias bajo la barbilla, el que tenía la paciencia de un santo y el que, según Miki, tenía un alma tan transparente que incluso los animales podían leerla.

​Dejó caer su bolso al suelo y se quedó un momento allí, en la oscuridad. Se sentía profundamente bajoneada. El día no había sido, ni de lejos, la entrada triunfal que había ensayado mil veces en su cabeza frente al espejo.

Quería haber llegado a casa y encontrar a Daryl para desahogarse, para contarle sobre el choque en el vestíbulo y el terror absoluto que sintió cuando su nuevo jefe alzó aquella ceja en la reunión. Quería que su novio la rodeara con sus brazos, que le quitara importancia al asunto y que luego, en la intimidad de su habitación, la hiciera olvidar que el mundo corporativo era una selva de cristal.

​Sabía que abrirse espacio en una empresa como Vanguard Marketing no sería fácil, pero errores como el de esa mañana eran lujos que no se podía permitir. Sus planes estaban trazados con una precisión casi quirúrgica: ambos debían asegurar sus puestos, y luego darse la vida que se merecían.

Miki recordaba con una punzada de cansancio los años en los que trabajó en una cafetería ruidosa, sirviendo mesas mientras estudiaba para sus exámenes finales bajo el mostrador. Daryl por su parte, había trabajado como bartender en un restaurante de dos estrellas Michelin, donde el nivel de exigencia era tan alto que muchas veces llegaba a su casa con los pies hinchados y fatigado, pero inquebrantable.

​—Todo esto es por nosotros, Lukas —susurró, aunque el gato ni siquiera parpadeó—. Solo un poco más.

​Mikaela se despojó de la ropa con movimientos lentos, arrojando el traje sastre sobre la cama como si fuera una piel vieja de la que necesitaba deshacerse. Entró al baño y dejó que el agua caliente golpeara sus hombros tensos. Sabía que Daryl llegaría tarde; su bufete estaba en medio de un litigio complicado y él nunca era de los que dejaban el trabajo a medias.

Intentó relajarse, puso una lista de reproducción de música suave en su teléfono y dejó que el vapor empañara los espejos. Por un momento, bajo la ducha, el rostro arrogante de Roman y su mirada indescifrable se desvanecieron.

​Al salir, se acurrucó entre las sábanas. El aroma a lavanda la envolvió de inmediato; sonrió con tristeza al darse cuenta de que Daryl debía haber cambiado las sábanas antes de irse al trabajo, un pequeño gesto de amor silencioso que él siempre tenía.

Reprodujo una serie cualquiera en la televisión para llenar el vacío del cuarto, pero el cansancio fue más fuerte. En cuestión de minutos, el sueño la reclamó.

​El sol entró en la habitación con una agresividad avasallante al día siguiente. Miki frunció el ceño, protegiéndose los ojos con el brazo. Se sintió desorientada. Miró hacia el otro lado de la cama y el corazón se le encogió: la almohada de Daryl estaba intacta. El pánico, frío y agudo, la despertó por completo.

​—¿Daryl? —llamó, sentándose de golpe.

​La habitación estaba tal cual la había dejado anoche. ¿No había llegado? ¿Le habría pasado algo? Se levantó tan rápido que el mundo le dio vueltas por un segundo. Caminó hacia la sala, con el corazón martilleando contra sus costillas, y entonces lo vio.

​Estaba tirado en el sofá, en una postura incómoda que gritaba agotamiento. Llevaba puesto el uniforme del bufete, la corbata deshecha y un zapato colgando de un pie. Al parecer, había llegado tan tarde y tan destruido que ni siquiera tuvo fuerzas para llegar a la cama. Miki dejó escapar un largo suspiro de alivio que se convirtió en una mueca de ternura. Se acercó a él y le acarició el rostro con la yema de los dedos. Su piel estaba fría, pero su expresión era de una paz absoluta.

​Daryl abrió los ojos lentamente al sentir el tacto. Tardó unos segundos en enfocar, pero cuando lo hizo, le regaló una de esas sonrisas que la derretían. Sus ojos color avellana, aunque rodeados de ojeras, brillaban con un amor que ninguna jornada laboral podía apagar.

​—Amor... ¿cómo estás? —preguntó Miki con voz queda, todavía conmovida por verlo así.

​Daryl se incorporó con un gemido de dolor, estirando su espalda.

—Estoy bien, preciosa. Solo... fue una noche larga. Estamos cerrando un caso importante y los socios no perdonan ni un minuto. Siento no haber llegado a la cama.

​Se acercó a ella y le plantó un beso cálido en la frente. Se quedaron así un instante, refugiados el uno en el otro, hasta que Daryl se apartó de repente, con los ojos abiertos de par en par.

​—¡Miki! ¡Tu trabajo! —exclamó con alarma.

​El cerebro de Mikaela hizo clic. Miró el reloj de la pared: las 8:40 AM.

—¡Maldita sea! —gritó, soltando una retahíla de improperios mientras salía corriendo hacia el baño.

​Definitivamente la iban a despedir. Si Roman Blackwood ya le tenía la puntería puesta por el café, llegar tarde en su segundo día era firmar su sentencia de muerte profesional. Daryl, a pesar de su propio cansancio, soltó una risita por lo bajo al verla correr como un torbellino.

​—¡No te rías! ¡Esto es serio! —gritó ella desde la ducha, mientras el sonido del agua volvía a inundar el apartamento.

​—¡Te preparo algo rápido para el camino! —Respondió él, levantándose del sofá con esfuerzo—. ¡Todavía tienes tiempo si te apuras!

​Daryl la ayudó en lo que pudo, buscándole los zapatos perdidos y entregándole una barra de cereales mientras ella intentaba aplicarse el rímel sin sacarse un ojo. Él todavía tenía una hora antes de tener que volver a su propio infierno legal, pero ella solo tenía veinte minutos para cruzar la ciudad.

​Mikaela salió del apartamento como una exhalación, dándole un beso rápido a su prometido en los labios. En el fondo de su corazón, le dolió dejarlo así. Hubiese querido prepararle un desayuno de verdad, obligarlo a dormir una hora más, atenderlo como él siempre la atendía a ella. Pero la ambición y el miedo a fracasar no se lo permitieron.

El trayecto en el autobús fue una tortura. Mikaela mantenía el cuerpo rígido, como si su propia tensión pudiera empujar el vehículo a través del tráfico matutino. Al bajar, no corrió; caminó con una zancada rápida pero calculada. Al cruzar el umbral de la Torre Vanguard, sus ojos escanearon el vestíbulo con una agudeza casi militar. No iba a tropezar con la misma piedra dos veces. Esquivó a un grupo de ejecutivos y se mantuvo cerca de las columnas, manteniendo su termo —esta vez bien cerrado— pegado al cuerpo.

​Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el piso doce, miró su reloj: las 9:01 AM. Un solo minuto tarde. Soltó un suspiro largo, sintiendo cómo el aire regresaba finalmente a sus pulmones. El pasillo estaba tranquilo, y el despacho principal de Roman tenía las persianas bajadas.

«Gracias», pensó, enviando una plegaria silenciosa al universo.

Lo último que quería era encontrarse de frente con el hombre de la mirada penetrante antes de haber tomado su primer café de oficina.

​La mañana transcurrió con una normalidad bendita. Fue durante el descanso del mediodía cuando finalmente pudo bajar la guardia.

Mikaela se reunió con Mina y Eugene en la cafetería "The Green Corner", es un espacio lleno de luz con jardines de plantas naturales y muebles de madera clara. Es el único rincón de la oficina que no se siente rígido. 

Mina llega sentándose frente a ella con un sándwich en la mano. Eugene la seguía de cerca, ojeando algo en su tablet. Mikaela decidió contarles de su propia boca sobre el accidente que había tenido con el jefe, pero sin muchos detalles, aunque no los necesitaban, ya imaginaban la escena en 4D.

​—Lo importante, Miki, es que sobreviviste al primer día —agrega Mina encogiéndose de hombros.

—A duras penas —admitió Miki con una sonrisa tímida—. Pensé que hoy me recibirían con la carta de despido en el escritorio.

El ambiente se volvió ameno rápidamente. Entre risas y anécdotas sobre los desastres de sus años de universidad, cada uno comenzó a dar un pequeño resumen de su vida. Eugene confesó que su sueño era diseñar campañas para videojuegos, mientras Mina hablaba de su pasión por la fotografía urbana. Cuando llegó el turno de Mikaela, su rostro se iluminó de una manera distinta.

​—Bueno, yo... tengo a mi prometido, Daryl. Es abogado, un hombre increíblemente trabajador. —les contó animada—. Daryl y yo hemos trabajado en mil cosas para llegar aquí. Él fue bartender en un sitio de lujo y yo serví más cafés de los que puedo contar. Todo esto es para comprar nuestro propio apartamento de ensueño.

—Un brindis por los que venimos desde abajo —dijo Eugene, chocando su vaso de agua con el de ella—. Aquí la competencia es feroz, Miki, pero al menos ya sabemos lo que es sudar por un sueldo.

Miki les sonrió amable mientras que sus pensamientos volvían a reanudar el incidente con su jefe. De repente se le ocurrió que quizás podría compensar lo sucedido, debía hacerlo. De qué forma, aun no lo sabía, pero confiaba en que algo se le ocurriría.

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