Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl sol de la mañana se filtraba tímidamente por las cortinas de algodón, dibujando franjas de luz sobre la cama. Mikaela Han se despertó no por la alarma, sino por el cosquilleo de unos dedos que recorrían suavemente su espalda. Se dio la vuelta con una sonrisa perezosa, encontrándose con los ojos avellana de su prometido Daryl Rhodes, que ya la observaba con esa mezcla de adoración y travesura que solo él poseía.
Daryl no era el típico abogado de traje rígido y expresión severa que uno imaginaría. Incluso recién despertado, tenía un aire casual y relajado que a Mikaela le fascinaba. Su cabello castaño estaba revuelto, y esa barba de un par de días le daba un aspecto varonil, casi rudo, que contrastaba con la dulzura con la que la trataba.
—Cinco minutos más, futura magnate de la publicidad —susurró su prometido, acercándose para besarle la punta de la nariz.
—No tientes a la suerte, cariño —rio ella, aunque se acurrucó más contra su pecho—. Es mi primer día. Si llego tarde, mi carrera terminará antes de que haya empezado siquiera.
—Tú no llegas tarde, tú haces entradas triunfales —bromeó él, dándole un suave apretón en la cintura—. Anda, arriba. El mundo no se va a convencer solo de que necesita comprar cosas que no sabía que quería. Yo me encargo del combustible.
Mikaela lo vio levantarse. Admiró su torso bien definido y la seguridad de sus movimientos mientras se ponía una camiseta gris que se ajustaba a sus hombros anchos. Daryl era su roca. Llevaban años construyendo una vida basada en la complicidad. Se conocían desde que eran niños que jugaban en el barro, y ahora estaban a las puertas de su mayor aventura: el matrimonio.
Minutos después, el aroma a café recién hecho inundó el pequeño apartamento. Miki, como su gente cercana la llamaba, salió del baño, ya vestida con un traje sastre azul marino que le daba un aire de seriedad que ella misma no terminaba de creerse. Estaba lista para dar todo de sí, aunque inevitablemente sintiera la ansiedad apoderarse lentamente de cada partícula de su cuerpo. Con los ojos cerrados respiró hondo varias veces centrándose solo en eso, luego volvió a abrirlos con un poco más de calma.
Daryl estaba en la cocina, concentrado frente a la cafetera. Terminando de verter la bebida caliente en un termo, dió media vuelta hacia ella. Se detuvo para mirarla un momento de arriba abajo. El cuerpo de Mikaela aun con todo el tiempo que llevaban viviendo juntos reaccionaba con emoción y expectativa, Daryl alzo una ceja, sus ojos irradiaban con admiración.
—Toma —dijo él, extendiéndole el termo de acero inoxidable—. Le di un toque de canela y exactamente la cantidad de azúcar que necesitas para no morder a tu primer jefe. Está muy caliente, así que ten cuidado.
Mikaela lo recibió y lo miró en espera de algo más. Este le sonrió consciente.
—Te ves como toda una directora creativa —Miki se acercó de manera lenta, hasta casi pegar sus cuerpos—, la más hermosa de ellas —agregó él al mismo tiempo que se inclinaba para morder levemente su labio inferior.
Ella suspiró.
—Gracias, cariño. —Miro finalmente el termo con una sonrisa— ¿Qué haría yo sin ti? Probablemente viviría a base de comida instantánea y llegaría a las reuniones despeinada.
—Probablemente —coincidió él con diversión, rodeándola con sus brazos por la cintura—. Pero por suerte me tienes a mí. Escucha, Miki... —su tono se volvió un poco más serio, pero mantuvo esa calidez decidida—. Hoy es un gran paso. Se lo ansiosa que ahora te debes estar sintiendo, cariño, solo quiero que recuerdes en todo momento de lo que eres capaz, de tu excelente talento para hacer lo que te gusta, ¿de acuerdo?
Mikaela asiente repitiendo sus palabras en su mente. Aspira el aroma masculino y natural de Daryl embriagando sus sentidos. Con él a su lado se sentía segura, sabía que fuere cual fuere el resultado él estaría para ella. Lo miro a los ojos y estiro su cuello para besarlo con lentitud, disfrutando de su cercanía. Este responde pasando su mano por la espalda de Mikaela en una caricia larga para luego separarse un poco con una sonrisa pícara en los labios.
—Ahora vete, antes de que me arrepienta y te pida que te quedes aquí todo el día y al carajo con las pasantías. —Miki rio y asintió en rendición. Aunque quisiera no podría permitirse arruinar esa gran oportunidad de trabajo.
Salió del edificio con el corazón lleno. El peso del termo caliente en su mano era como un ancla de realidad y amor. Mientras caminaba hacia la parada del autobús, su mente volaba. Visualizaba el apartamento de sus sueños: las paredes blancas, una estantería llena de los libros de derecho de Daryl y sus revistas de diseño, y esa cocina hermosa y espaciosa para invitar a sus amigos y familiares.
Se imaginó a sí misma vestida de blanco. No quería nada ostentoso; algo sencillo, de encaje, que fluyera con el viento. Se vio caminando hacia un Daryl que la esperaría al final del pasillo conmovido y feliz, prometiéndose una vida de entrega y amor.
«Estamos tan cerca», pensó con una sonrisa. «Solo un poco más de ahorro, un poco más de esfuerzo...»
Estaba tan sumergida en la visión de su boda que no se dio cuenta de que el autobús de las 8:15 —el único que la dejaba a tiempo— estaba cerrando sus puertas en la esquina.
—¡No! ¡Espere! —gritó Mikaela, empezando a correr. Agitó la mano desesperadamente, pero el conductor, sumido en su propia rutina gris, aceleró, dejando tras de sí una nube de humo negro.
Miki se detuvo, jadeando. Miró su reloj. El siguiente pasaría en quince minutos, lo que significaba que llegaría a la Torre Vanguard justo al límite, o peor aún, cinco minutos tarde.
—No, no, no... tu primer día Mikaela. ¡Primer día! —se recriminó, sintiendo que el pánico empezaba a nublar su mañana perfecta.Cuando finalmente el siguiente autobús llegó, subió de un salto.
Durante todo el trayecto, no dejó de mirar el segundero de su reloj. El tráfico de la ciudad parecía haberse confabulado contra ella. Cada semáforo en rojo era una tortura.Cuando el autobús se detuvo frente al imponente edificio de cristal y acero, Miki bajó casi antes de que las puertas se abrieran por completo.
Corrió por la acera, esquivando a peatones que caminaban a paso de tortuga. Entró al vestíbulo, un espacio vasto de mármol que intimidaba a cualquiera. Empezó a correr, esquivando ejecutivos con maletines de piel, con la mirada fija en las puertas del elevador que empezaban a cerrarse.
— ¡Espera! ¡Por favor! —gritó, aumentando la velocidad.
De repente, un hombre salió de un pasillo lateral hablando por teléfono. Mikaela no tuvo tiempo de frenar. El impacto fue seco y desastroso. La tapa, que quizá ella no había cerrado bien por el apuro, se zafó, y un chorro de café caliente, el "combustible" que le había preparado Daryl, se derramó en una cascada oscura y humeante sobre la camisa blanca, impecable y seguramente carísima, del hombre frente a ella. El líquido también salpicó el pecho de Mikaela, pero la adrenalina era tal que apenas sintió el ardor.
—¡Maldita sea! —rugió una voz profunda y autoritaria.
Miki levantó la vista, con la respiración entrecortada. El hombre era alto, de una belleza fría y distante. Sus ojos, de un azul acerado, estaban fijos en la enorme mancha marrón que arruinaba su vestimenta.
—¡¿Pero qué le pasa?! —exclamó ella, en lugar de disculparse de inmediato. Su frustración por el autobús perdido y el miedo a arruinar su primer día explotaron—. ¡Salió de la nada! ¡Mire lo que ha hecho! ¡Mi café! ¡Y ahora voy tarde por su culpa!
El hombre se quedó petrificado. Nadie le hablaba así. Nadie. En el edificio Vanguard, él era el sol alrededor del cual todos orbitaban, y esta chica, con gafete de pasante, su traje sastre un poco grande y el cabello alborotado por la carrera, lo estaba regañando.
—¿Por mi culpa? —repitió él, con una calma que resultaba más aterradora que el grito anterior—. Me acaba de quemar, ha destruido una camisa de mil doscientos dólares y ¿se atreve a decir que es mi culpa?
Mikaela parpadeo, pero al ver que el ascensor estaba a punto de cerrar sus puertas, no se quedó a discutir. Recogió su termo del suelo, le lanzó una mirada llena de fuego, y le espetó:
—¡Póngase agua fría y deje de quejarse, caballero! ¡Hay gente que tiene un trabajo que empezar! —Corrió hacia el ascensor y se deslizó entre las puertas justo antes de que se sellaran.
En el vestíbulo, Roman Gwan-woo Blackwood se quedó inmóvil, sintiendo el calor del café filtrándose por su piel, apretó sus dientes. Sus empleados, que habían presenciado la escena, contenían el aliento, esperando una explosión de furia. Pero Roman se contuvo. Se llevó una mano al pecho, sintiendo el rastro del desastre, y una sonrisa lenta y malvada empezó a dibujarse en sus labios.
Ella definitivamente no sabía lo que le esperaba. Nunca nadie le había mirado con tanto desdén. Nunca nadie había valorado más su tiempo que el prestigio de él. Roman, el hombre que lo tenía todo bajo control, acababa de encontrar algo que no podía comprar ni predecir: un desafío con aroma a canela y ojos decididos.
Mientras tanto, en el piso 12, Mikaela se apoyaba contra la pared del ascensor, tratando de calmar su corazón acelerado. Ignoraba que el hombre al que acababa de mandar a ponerse agua fría no era un ejecutivo más, sino el hombre que tenía el poder de destruir sus sueños... o de ofrecerle unos nuevos que jamás se atrevió a imaginar.







