Después de todo el evento —las cámaras, las flores, las condolencias—, Céline volvió a la mansión Valtieri con la espalda recta y el rostro sereno. Aguantó hasta el último segundo. Pero cuando se cerró la puerta tras ella y no quedó nadie más en la sala, permitió que el aire la abandonara. Como si hasta entonces hubiese estado conteniendo la respiración.
No gritó. No rompió nada. Solo se dejó caer sobre el sofá, aún con el vestido negro impecable que Clarisse había aprobado esa mañana. Se quit