Sebastián estaba en el sofá cuando escuchó el chirrido discreto de la puerta. No se movió. Tenía la botella medio vacía en la mesa baja, un vaso de cristal en la mano, y los ojos clavados en un punto invisible de la pared. No estaba borracho. Pero sí lo bastante mareado como para no pensar en medir sus palabras.
Alina ya estaba allí. Había llegado en silencio, descalza, como acostumbraba al volver de viajes largos. Kilian no la oyó entrar. No supo cuánto tiempo llevaba observándolo desde el