Clarisse se acercó con una taza de café caliente entre las manos. Sus labios estaban apretados en una línea delgada y los ojos mostraban un destello inusual de preocupación, como si cada paso que daba fuera un equilibrio entre el deber y el temor de quebrar a su hija. Era temprano, y Céline aún no se había quitado la bata. Seguía sentada en el balcón interior de la mansión, con la vista fija en el jardín sin realmente mirar.
—Tienes que volver a la empresa —dijo Clarisse con suavidad, aunque