Capítulo 32.2

Y mágicamente, cuando termino nuestra conversación, todos volvieron como si nada.

Dante se sentó a mi lado, muy sonriente, y yo traté de hacer lo mismo. No quería arruinar el desayuno. «Además, ¿cómo iba a arruinarlo? Soy yo y mis pensamientos; no puedo exteriorizar todo eso sin enloquecer». Así que traté de fingir demencia y actuar como si la conversación no hubiera pasado durante la siguiente hora.

Pero cuando Dante me tocaba, algo en mí se sentía raro, casi incómodo. No por su toque, sino po
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