Después de terminar el baño y mientras recogíamos todo para irnos en total silencio... bueno, mientras él lo hacía, porque yo estaba acostada en la cama con los ojos cerrados. Aunque seguía sintiendo el dolor de cabeza, por suerte ya no tenía mareos.
Las cortinas aún estaban cerradas y una luz tenue llenaba la habitación.
Su teléfono sonó, dañando la paz. Era Evan, avisando que ya estaban todos listos para desayunar.
—¿Tengo que ir? —pregunté, cansada y no preparada para ver a Grecia. Ella daba