El despacho principal de la vasta mansión de los Volkov, a las afueras de Moscú, solía ser el lugar donde se tomaban las decisiones que sacudían el mercado negro europeo. Pero esta noche, la habitación parecía un campo de batalla. Fragmentos de copas de cristal estaban esparcidos sobre la costosa alfombra persa, y el agudo aroma del whisky flotaba en el aire, mezclado con el tenue olor a pólvora de una pistola recién limpiada.
Nikolai Volkov estaba frente a su enorme escritorio de teca, con