El majestuoso Teatro Mariinski se erguía firme en el corazón del invierno de San Petersburgo, con sus luces brillando doradas y reflejándose sobre la nieve. Sin embargo, la brillantez de la arquitectura del siglo XIX se veía totalmente eclipsada por los rumores que inundaban el vestíbulo principal. El nombre de Anna Taylor era el susurro más frecuente entre la élite rusa, los ministros y las familias de oligarcas presentes esa noche.
Todos habían venido por una sola razón: ver a la mujer que