—Por supuesto que no lo haría. Eso es una locura —respondió Anna, sacudiendo la cabeza—. Además, estoy segura de que no volverías a verme si causara una escena tan vergonzosa.
Nikolai sorbió el whisky que el camarero acababa de traer, sin que su mirada se apartara ni un segundo de cada movimiento de Anna: desde la forma en que se sentaba hasta cómo sus dedos delgados rozaban el borde de la copa de cristal. Había algo en Anna que se sentía diferente de las mujeres de la alta sociedad que solían