El Atlántico se abría ante la proa del Vesta como un abismo de plata y plomo. Las olas, gigantescas y despiadadas, golpeaban el casco reforzado del yate mientras Aura Valente observaba la oscuridad desde el puente de mando. Habían dejado Londres bajo una lluvia de secretos y traiciones, con la imagen de la cara de decepción y miedo de Casandra grabada en sus retinas. El viaje de regreso a Nueva York no era una retirada, sino una invasión silenciosa. Aura ya no era la heredera desplazada; era un