Absurdo malentendido.

Isabella estaba todavía quieta en su lugar, con Maximiliano como juez y carcelero delante, aún con sus brazos apoyados a la pared tras su espalda y con el rostro muy pegado al suyo.

Esa cercanía la hacía sentir oprimida y sin saber qué decir para justificar que había fingido ser otra persona, evitaba hasta inhalar, suponiendo que respirar no estaba permitido para ella.

«¿Cómo sabe quién soy?, he cambiado mucho de mí y nadie me ha podido reconocer», se cuestionaba buscando el motivo por el cual
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