Celeste.
—¡Basta! —le pedí a Kael, riéndome como foca.
Me estaba haciendo cosquillas en la cama, estábamos preparados para dormir, todas las noches charlamos un buen rato.
—No me quieres decir: papi —se quejó, haciendo un puchero infantil.
—¡¿Desde cuándo haces pucheros?! —No podía hablar calmada por la risa.
Mi estómago ya no podía más, incluso llegué a sentir que iba a orinarme encima. Kael se volvió mucho más cariñoso, divertido y preocupado.
—¡Dímelo! —ordenó, fingiendo seriedad en el