Celeste.
Ya íbamos a ir a la ciudad y Kael no me soltaba. Su abrazo me hacía sentir segura, como si tuviera una manta protectora gracias a él.
—¿Todo el día, Kael? —intervino Marcela, viéndonos con una mano en la cintura—. Se nos hará tarde. Tenemos que llegar a la ciudad para mañana —Vio su celular.
—Dame un minuto más —pidió Kael, inhalando mi cabello.
Agarró mis mejillas con la palma de sus manos y me besó la frente, la nariz, las mejillas y por último la boca. Kael había cambiado muchís