Celeste.
Cinco meses después de aquel aullido compartido bajo la luna, nuestros mellizos caminaban como si el bosque les hubiera enseñado personalmente. Sienna con sus manitos en las caderas, arrastrando los pies como si estuviera inspeccionando territorio. Kenzo detrás, girando cada piedra que encontraba por si escondía secretos, tesoros… o insectos que pudiera interrogar.
—¿Por qué el cielo está mojado, mamá? —preguntó Kenzo esa mañana, señalando una nube baja.
Mis dos bebés tenían menos de