Celeste.
La luna ya se asomaba entre los árboles cuando terminé de empacar una muda de ropa, un par de almohadas extras por petición de Marcela, y algunos productos para el cabello que ella seguramente me obligaría a usar. Me encontraba en la puerta de mi habitación cuando Kael se acercó, apoyándose en el marco con los brazos cruzados, mirándome como si no quisiera dejarme ir.
—¿Segura que te quedarás allá? —preguntó con voz baja.
Me giré hacia él, sonriendo.
—Solo es una pijamada. Marcela pr