Santiago Duarte cerró el informe con una ira apenas contenida. Desde su despacho, todo parecía seguir en orden: las luces tenues, el aroma persistente de su costosa fragancia, los muebles impecables que hablaban de años de poder consolidado. Pero la tranquilidad era solo una ilusión. El tablero había cambiado.
Eva Montenegro no solo resistía. Estaba avanzando. Y lo hacía con una seguridad que no venía de su apellido —porque no lo reclamaba aún— sino de algo más temible: la legitimidad.
Santiago