La dirección que figuraba en la carta la condujo a un barrio residencial antiguo, con casas de techos bajos y jardines algo descuidados, cubiertos de hojas secas que el otoño no se había llevado del todo. Eva estacionó frente a un portón de hierro forjado, oxidado en las esquinas, y apagó el motor. Por un instante, se quedó dentro del auto, observando la casa. Respiró hondo.
Tocó el timbre solo una vez. El chirrido de la puerta interior no tardó en sonar. Unos pasos arrastrados se acercaron, y