El portón de la residencia Duarte se cerró detrás de ellos con un sonido metálico, como si algo hubiera quedado sellado para siempre. Eva y Alejandro caminaron hacia el auto sin decir una palabra, envueltos en un silencio denso pero necesario. Solo cuando subieron y el motor arrancó, Alejandro desvió la vista del camino y la observó.
—¿Estás bien?
Eva asintió, aunque no tan convencida. Su cuerpo seguía en modo alerta, pero había algo distinto dentro de ella. Como si una puerta se hubiera abiert