—¿Envenenado? ¿Suicidio? —Mateo seguía sin creerlo—. Mi padre no haría eso.
—Les estoy compartiendo los resultados que arrojaron las pruebas que le hemos hecho al señor Delacroix.
—¿Puedo verlo?
—Por supuesto.
Mateo entró a la habitación de su padre y lo vio conectado a unas máquinas. El pitido constante del monitor cardíaco lo golpeó como una bofetada.
Se le formó un nudo en la garganta.
Jean Delacroix, un hombre que siempre había parecido invencible, ahora yacía inmóvil en una camilla de h