Isadora abrió los ojos lentamente, sintiendo una pesadez abrumadora en los párpados y un dolor punzante dentro de su pecho que se extendía hasta el hombro. La luz encendida de la habitación le permitió enfocar la vista.
Lo primero que vio fue a Mateo. Estaba sentado en una silla de plástico con la cabeza apoyada de forma incómoda sobre el borde de la cama. Sus hombros estaban tensos, y su respiración era irregular.
Isadora desvió la mirada hacia el reloj de pared, donde las manecillas marcaba