—Isadora, necesito que me ayudes, por favor —pidió Solange, la ama de llaves. Isadora terminó de lavar los platos, se secó las manos con el delantal húmedo y respiró hondo. Caminó hacia su jefa. —Por supuesto, ¿en qué puedo ayudarla? —preguntó, mirándola fijo. Solange era una mujer de mediana edad, de cabello canoso y ojos oscuros. Para Isadora, era más que una mentora; se trataba de lo más cercano a una madre que había tenido. Fue ella quien le enseñó a caminar en silencio y a servir sin quejas. La familia Delacroix había adoptado a Isadora cuando tenía apenas diez años, pero no como hija, se la entregaron a las sirvientas como si fuera una más de ellas. —Cariño, lleva estas bandejas al comedor —pidió—. La familia está esperando el desayuno y sabes lo impacientes que son… Isadora miró tres bandejas y tragó saliva, preguntándose cómo las iba a llevar sin tener que hacer dos viajes. Aun así, logró equilibrar dos bandejas entre sus manos y una tercera sobre la cabeza.—¡Muy bien!
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