Isadora acompañó a Mateo al hospital después de lo ocurrido. Ambos estaban sentados en la sala de espera, y Mateo tenía las manos entrelazadas, preocupado por no tener noticias de su padre.
—Lamento haberte arrastrado hasta aquí. No quise que evadieras tus responsabilidades por mí… —murmuró el hombre, con las cejas hundidas.
—Eso es lo de menos, Mateo. También debo seguir tus órdenes —Forzó la sonrisa, aunque sabía que eso no lo haría sentir mejor—. Ahora tu padre es la máxima prioridad.
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