80. ¡Vas a pagar por tus despreciables mentiras!
Un escalofrío reptó por la espalda de Damián, helado y afilado como la punta de una lanza de obsidiana, anunciando un presagio funesto. Algo se quebró en su interior, un grito ahogado, un eco desgarrador que no vibró en el aire, sino que resonó visceralmente en lo más profundo de su vínculo con Isolde, como una cuerda tensa que se rompe. No necesitó más señales. Su lobo interior aulló, un rugido primario y feroz que acalló toda lógica, silenciando las débiles órdenes del consejo como el viento