117. Mi hija ha nacido.
— ¡Ja! — susurró Alexander, una risa áspera que burbujeó desde lo más profundo de su garganta — Al fin, mi hija… al fin ha nacido.
Fue muy sencillo para él conectar con el poder de la pequeña cachorra, una fuerza que ella aún no sabía canalizar, pero que él dominaba con milenios de práctica. Un estallido de energía oscura lo envolvió. Las cadenas que lo mantenían preso chisporrotearon y cedieron, sus eslabones se derretían como si en lugar de plata fueran dos bloques de hielo en pleno verano.