120. Ya estás… malditamente loco
— ¿Ya se durmió? — preguntó Damián, observando desde la puerta cómo su Luna dejaba a la pequeña en la cuna con cuidado de no despertarla.
Ahora todo era felicidad. Parecía que la maldición se había ido junto con Alexander, y no solo no tenían ningún enemigo, sino que eran una manada poderosa y fructífera.
Isolde asintió, sin decir nada más ni hacer ningún ruido hasta que cerró la puerta tras de sí. Damián no tardó en pasar un brazo por su espalda y atraerla contra su cuerpo en cuanto la tuvo ce