122. Fin.
Con los últimos temblores recorriendo sus cuerpos, Damián se desplomó sobre Isolde, pesado pero amoroso, su respiración agitada contra su oído. La habitación, antes llena de gemidos y la tensión del placer, ahora respiraba una paz profunda, solo rota por sus respiraciones entrecortadas.
Él besó su hombro, luego su cuello, y finalmente su boca, un beso suave, sin la urgencia de antes, lleno de ternura y gratitud.
— Mi Luna —susurró Damián, su voz aún ronca, pero impregnada de una suavidad que de