119. El legado de la manada.
El primer sol de la mañana se filtró entre las ramas, bañando el campamento en tonos dorados. Las chozas respiraban luz, y el aire, cargado de rocío y esperanza, olía a tierra húmeda y renacer. Las sombras de la noche se habían retirado sin lucha, como si supieran que ya no tenían lugar allí.
Damián sostenía a su hija contra el pecho, envuelta en una manta bordada por manos que ya solo tejían para la vida. La calidez diminuta de su cuerpo se le anclaba al alma. Isolde estaba sentada junto a él