El sonido de la llave girando en la cerradura por fuera fue el clavo final en el ataúd de mi esperanza. Dante me había encerrado. La rabia, un fuego líquido que quemaba más que el hielo de afuera, me dio la fuerza que no sabía que tenía. No iba a quedarme allí esperando a que él decidiera cuándo era digna de su presencia otra vez.
Miré hacia el ventanal. No había balcón, solo una cornisa estrecha cubierta de nieve que conducía hacia el tejado del porche trasero. Era un suicidio, pero la idea de