La sonrisa en Melissa fue amplia y satisfecha, por lo que Ares, una vez más, la besó.
—¿De quién eres, Melissa?
—Tuya —lamió sus labios, sintiendo el ahogo ante la presión en su cuello—. Solo tuya.
Buscó su mirada.
—Buena niña —ella asintió ante ese reflejo, esa grave voz que erizó su piel—. Mi buena niña.
Ares la besó una vez más, dejándola agitada, excitada y cargada de deseo cuando se puso de pie y se separó de ella. La joven lamió sus labios, viéndolo con esos grandes ojos brillant