La posición en la que soportaba su peso era incómoda, pero apenas perceptible ante lo que él estaba haciéndole sentir. Incluso con el antifaz, sintió cómo la bala, que liberó un squirt con claridad, salió de ella. Y antes de que pudiera anunciar su séptimo orgasmo, Ares ya se estrellaba en sus nalgas, poseyéndola con esa firmeza y seguridad que tanto la volvían loca. Porque después de todo, eso era lo que con él había aprendido y experimentado, lo que ya había aceptado no cambiaría por nada en