Notó cómo la seguridad del lugar lo recibió, pero no lo tocaron. Solo buscó, agitado, la camioneta donde su hijo Zane lo esperaba. Este, al verlo en ese estado, solo frunció el ceño y abrió la puerta trasera antes de que su padre llegara. En cuanto Maurice cerró la puerta, solo dio una orden:
—¡Arranca, arranca! —pidió casi a gritos.
Apuntó las salidas de aire a su rostro, se tocó el pecho, el cuello, buscando cómo manejar su respiración, pero terminó solo negándose a sí mismo cuando Zane lo mi