—¡Si no se lo he dicho es porque sé que jamás se recuperará del dolor de saber que el hombre al que mira como su padre, en quien confiaba, la ofertó como un trozo de carne! —espetó con firmeza—. No te protejo a ti ni a mí, maldito imbécil. La protejo a ella. A su corazón, que es bueno, noble y dulce… uno que ustedes no merecen.
—¡Ni tú tampoco, Ares! —Maurice fue firme—. Tú la pediste como parte de esa apuesta, y estoy seguro, muy seguro —lo señaló con el dedo— de que hasta hiciste trampa para