Besó los labios de Ares y luego lo miró a los ojos.
—Ven, ven mi amor… hablemos.
Él, quien parecía más absorto y sumergido en sus ideas, terminó asintiendo. Fue Melissa quien abrió la puerta y bajó, ofreciendo su mano delicada a un Ares que no dudó en tomarla y seguirla. Pronto llegaron las canes, felices de verlos, mostrando sus nuevos arneses de colores diferentes y sus bufandas de seda Hermès, que parecían disfrutar. La orden firme de Ares evitó que se apoyaran en dos patas sobre el abdomen