Cuando Ares se puso de pie, un poco exaltado, llevándose ambas manos a la cabeza, Melissa tragó saliva, miró a la doctora y luego hacia su esposo, quien le sostuvo la mirada por unos segundos. Ella no quería que él se alterara al punto de convertirse en ese ser que a veces no reconocía, y él, por su parte, no deseaba salirse de la burbuja de luz y calma que compartía con ella, por lo que solo suspiró antes de preguntar:
—Soy un hombre de estadísticas —señaló. La doctora asintió—. Según su con