—¡Que no era necesario, que no debías hacer!
—¿Por qué? ¡¿No estamos acaso casados?! —espetó con firmeza—. ¿No tengo acaso estas joyas? ¿No puedo mostrar las orejas de mis perras? —Ares tensó la mandíbula, pero Melissa lo señaló con su dedo una vez más—. ¿O es que no quieres que el mundo, fuera de Nueva York, sepa que tienes a alguien? ¿Eso es?
—Qué idea más absurda, Melissa.
—Es la que has sembrado, Ares —dio un nuevo paso hacia él—. He subido esas fotografías en un arranque de seguridad, de e