La noche había caído en el estado de Nueva York, pero en la mansión Ravage no existía el descanso. Los empleados se movían como fantasmas, cumpliendo sus funciones sin rozar de ninguna manera, ni siquiera con el mínimo suspiro, la tensa burbuja que se había instalado tras esa acalorada y muy tensa discusión entre la pareja. A la señora Ravage no se le había visto desde que subió a su habitación, y aunque por todo el primer piso se notaban los destrozos que Ares había causado en su espacio, en u