La mano de Maurice fue suave en la mejilla ruborizada de su hija adoptiva, y cuando él dibujó una sonrisa, ella también lo hizo.
—Qué dulce es tu corazón, Melissa —comentó el hombre con voz grave—, como lo fue tu madre.
Ella, aunque impresionada con el comentario, frunció el ceño.
—¿Era dulce? —comentó.
—Mucho. Una mujer muy amable, hermosa y de carácter paciente. No le gustaba discutir, solía dar órdenes con voz suave…
—¿Órdenes? —ella parecía confundida— ¿a quién?
Maurice, que había soltado q