Cuando su mano fue apretada, ella volteó a verlo. Sin dudarlo, se acercó a su espacio, sonriendo en el momento en que él, quizás posesivo y marcando su lugar a su lado, la rodeó por los hombros, dándole un beso en la sien mientras bajaban hasta el piso donde la camioneta ya la esperaba, junto a los dos guardaespaldas que su esposo, quien llevaba la mirada aguda y la mandíbula tensa, había asignado para que la acompañaran en ese almuerzo, que terminaron coordinando para ese lunes que, finalmente