Entregada al infierno
—Si pierdo a esos inversionistas, con tu cuerpo me voy a cobrar esa pérdida —le señaló con voz grave.
Ella lo miró a los ojos.
—¿Es mucho dinero? —consultó.
—Cien millones.
Ella lamió sus labios, pero lo hizo negar cuando empezó a hacer cuentas.
—Doscientos…
—Ya había llegado a esa conclusión —respondió ella. Elevándose en puntillas, le besó la mejilla—. ¿Y qué es más importante para ti: ver a tu mujer correrse doscientas veces, o un inversionista de quién sabe dónde, para