—¡Dámelo, dámelo Melissa, dáselo a tu dueño! —le ordenó con voz grave.
Ella se quejó cuando desde el cabello él le movió la cabeza.
—¡Dame ese maldito orgasmo, dámelo! —continuó, embistiendo y rozando—. Déjame ver cómo te corres una vez más en mi polla, la que te ha tomado, la que te ha desvirgado...
—¡Dios!
—¡No, no Dios Melissa, yo, tu hombre! —Ella se quejó cuando le mordió el hombro—. ¡Tu hombre! —chupó su cuello—. ¡Tu hombre! —mordió el lóbulo de su oreja, jalando más fuerte su cabell